¡¡¡ VIVA BORNOS !!!

28 oct. 2012

¿CUÁNTO RESISTIRÁ EL COLCHÓN FAMILIAR CONTRA EL PARO?


Manuel, 47 años y desempleado, vive en una caravana en la mismísima azotea de la vivienda de un familiar, en Bornos. Con la prestación que recibe, va tirando. Pero no le llega. Dentro de tres meses, se le acaba el paro. "No sé que voy hacer ni a donde ir. Está la cosa que arde", lamenta. 
Su historia es un molde que encaja en cualquier víctima de esta crisis. Desempleado, sin esperanzas, sin ayudas o a punto de culminarlas. Y por si fuera poco, dependiente de un colchón familiar, que ya se resiente, de tanto amortiguar los efectos de esta situación. "Hasta ahora hemos vivido de los ahorros de toda una vida. La gente trabajadora hemos sido siempre muy hormiguita. Pero esto ha llegado a su límite. Las familias estamos sacando de donde no hay para ayudar a los nuestros". Lo dice Juana, otra vecina serrana, madre y pensionista, que encaja en el otro molde que la crisis ha esculpido. El del abuelo/a pantalla y freno. 
La red familiar lleva más de cuatro años intentando que sus miembros no se precipiten al vacío. En el caso de Juana, la malla se la está extendiendo a uno de sus hijos, de 29 años. Es padre de dos niños pequeños y otro que viene de camino, que se ha tenido que ir a vivir con sus suegros porque no puede pagar un alquiler. Está en paro como el 52% de los jóvenes de este país.  "Entre todos los llevamos adelante", cuenta la madre, jornalera toda su vida en campañas agrícolas. Y eso que esta mujer hace encajes para echarle una mano a los suyos, comprando comidas y pañales de su exigua pensión de 450 euros porque su propio marido, lleva cuatro años sin un empleo. 
En el caso de Manuel, el propietario de la caravana y guarda de campo, fue su hermana la que le cedió parte de su inmueble para colocar allí el vehículo-casa-refugio, que encaramó con una grúa en la azotea cuando finalizó su empleo en un cortijo. "No me puedo meter en una hipoteca. Menos mal que ella me ha dejado esto".  Un sitio que comparte con Ana, su pareja, y madre de una niña de cuatro años, que prácticamente la crían sus abuelos porque ella no tiene recursos. "En verano hace mucho calor y  en invierno, frío para que la niña esté aquí", anota él. Ana acaba de solicitar una ayuda social a su Ayuntamiento. "No me gusta donde vivo. Pero no me puedo permitir un piso", dice con pesar.
El colapso que sufre el campo en la Sierra gaditana, incapaz de absorber la mano de obra de aquellos jornaleros, que se enrolaron durante el boom en la construcción, y la inexistente industria se resiente en las cifras del paro. Las oficinas del Inem en la comarca registraron en septiembre 18.873 desempleados. Unos datos que mantienen a los servicios sociales de muchos ayuntamientos de la zona prácticamente desbordados ante las numerosas peticiones de auxilio. 
Pese a ello, la red solidaria familiar  y de organizaciones está amortiguando la desesperación.  Testimonian este extremo, por ejemplo, en Cáritas María Auxiliadora, en Arcos, pueblo con más de 6.500 desempleados. "Desde hace dos años estamos totalmente desbordados", cuenta Asunción, una de sus voluntarias.
De sus casas han salido en España, en estos últimos cuatro años, más de 350.000 familias desahuciadas, según un informe del Consejo General del Poder Judicial.  Contra esta lacra ha emprendido su particular batalla el Ayuntamiento de Puerto Serrano, que ha presionado a las mismas puertas de los juzgados con protestas durante el último año, intentando evitar los desahucios a cinco familias del pueblo. También ha conseguido que la Junta de Andalucía medie en otros nueve casos más.
Evitar esa tesitura de verse en la calle es lo que intenta Juan, otro padre de familia de la Sierra, también parado de larga duración, al que el  lastre de una hipoteca  lo tiene "estrangulado". Durante dos años el colchón familiar ha estado intentando evitar el desastre. Sus padres han corrido con los más de 300 euros de letra mensuales pero ya no hay fondo.  
"Aquí, en estos pueblos, no tenemos nada. Hay mucha menos actividad en el campo, y cada vez somos más los que acudimos a él. La olla grande de muchas familias es la que está salvando a más de uno", se resigna. Y confiesa, sin tapujos, que a estas alturas ha hecho "un pacto con el diablo de no preocuparme", cada vez que le llegan avisos de impagos y cartas. "No se puede vivir con esta infelicidad continua. Lo único que nos queda es luchar", sentencia.


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